LITURGIA SANTUARIO DE SAN JUAN PABLO II

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Misa de Exequias – Miguel Chávez Gutiérrez

diciembre 22, 2025

Misa de Exequias

Miguel Chávez Gutiérrez

+ Lectura del santo Evangelio según san Juan. 11,17-27

En aquel tiempo, cuando Jesús llegó a Betania, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba poco de Jerusalén: unos quince estadios; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para darles el pésame por su hermano.

Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa. Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».

Jesús le dijo:
«Tu hermano resucitará».

Marta respondió:
«Sé que resucitará en la resurrección en el último día».

Jesús le dijo:
«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».

Ella le contestó:
«Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».

Palabra del Señor.

Palabras de bienvenida:

Hermanos y hermanas, sean todos bienvenidos a esta celebración de la Eucaristía.

Hoy nos hemos reunido movidos por un mismo motivo: el cariño por Miguel Chávez Gutiérrez y el deseo de acompañar a su familia en este momento tan significativo. Nos reúne el dolor de la despedida, pero también el agradecimiento por una vida que dejó huella y la esperanza que nace de la fe.

Aunque hoy las cenizas de Miguel no están físicamente entre nosotros, la fe nos recuerda que la distancia no rompe los lazos del amor. Unidos en la oración, nos sentimos cercanos a su familia, a sus hijos, a su esposa, y a todos los amigos que hoy se suman desde distintos lugares, especialmente a quienes siguen esta celebración a través de la transmisión en vivo.

En esta Eucaristía no celebramos solo una ausencia, sino que ponemos la vida de Miguel en manos de Dios, confiando en su misericordia. Venimos a escuchar una Palabra que consuela, a compartir una oración que nos une y a renovar la esperanza en la promesa de que la muerte no tiene la última palabra.

Que esta celebración nos ayude a hacer silencio interior, a recordar con gratitud, a dejarnos acompañar y a encontrar paz en medio del dolor.

Con esta actitud de respeto, de cariño y de fe, iniciemos juntos esta santa Misa.

Homilía:

Hermanos y hermanas:

Hoy me acerco a este ambón con un sentimiento muy particular.
Durante mucho tiempo, cada vez que me dirigía a él, lo hacía con respeto y cariño, llamándolo Don Miguel. Y lo hacía con toda razón, porque fue un hombre importante, reconocido, exitoso en muchos ámbitos de su vida.

Pero hoy, con el corazón en la mano, quiero permitirme algo distinto.
Hoy ya no quiero llamarlo Don Miguel.
Hoy quiero llamarlo simplemente mi amigo Miguel.

Porque eso fue para mí: un amigo.

Y predicar la misa de exequias de un amigo siempre toca fibras más profundas, porque no hablamos de teorías ni de conceptos, sino de una historia compartida, de un vínculo real, de un afecto verdadero.

El Evangelio que hemos escuchado hoy nos presenta una de las escenas más humanas y conmovedoras de toda la Escritura: la resurrección de Lázaro. Hay una frase breve que lo dice todo. Cuando Jesús llega a Betania y ve el dolor de Marta y María, el Evangelio afirma simplemente:

“Jesús lloró.”

No explica más.
No da discursos.
No justifica.

Jesús llora… porque ha perdido a un amigo.

Y eso nos revela algo muy profundo: incluso el Hijo de Dios, que sabe que la muerte no es el final, no se salta el dolor, no finge fortaleza, no espiritualiza el sufrimiento. Jesús llora porque amar de verdad implica también saber llorar.

Yo conocí a Miguel de una manera curiosa. Antes de conocerlo personalmente, lo conocí a través de los videos que me enviaba su hija Yeni, casi presumiéndome quién era su papá. Y confieso que algo me llamó mucho la atención: el amor tan grande que ella sentían por él.

Humanamente, uno podría pensar que, por las circunstancias de la vida, por su historia familiar compleja, no habría tanta cercanía ni tanto cariño. Y sin embargo, ahí estaba: un amor profundo, sincero, orgulloso.

Eso despertó en mí una pregunta muy parecida a la que se hacían quienes vieron llorar a Jesús por Lázaro:

“Miren cuánto lo amaba.”

Y yo me preguntaba:
¿Quién es este hombre que, con tantos errores como cualquiera de nosotros, es tan profundamente querido por su familia y por tantas personas?

La respuesta no vino leyendo, ni escuchando historias.
La respuesta vino el día que me senté a la mesa con él.

Recuerdo muy bien esa primera comida. Llegué con la idea de que iba a convivir con un gran empresario, con un gallero famoso, con un hombre de negocios. Pero bastó una sola comida para que todo eso pasara a segundo plano.

Salí de ahí con una sola certeza: había hecho un amigo.

Miguel tenía un don muy especial: cuando estabas con él, te hacía sentir que eras la persona más importante en ese momento. Su trato, su cercanía, su forma de escuchar abrían el corazón. Y ante una actitud así, es imposible cerrarse a la amistad.

Eso mismo pasaba con Jesús. Por eso la gente lo seguía, por eso se sentaban con Él, por eso lloran cuando pierde a Lázaro. Porque Jesús no trataba a las personas como números ni como escalones, sino como amigos.

Con el tiempo, aunque nuestra comunicación fue muchas veces a través de su hija Yeni, cada vez que Miguel venía a Colima era casi obligado buscar una oportunidad para vernos, si su agenda tan ocupada lo permitía. Y es que Miguel programaba sus viajes no solo por trabajo, sino con un deseo muy claro: reencontrarse con la gente.

Miguel se movía en muchos mundos: grandes empresarios, políticos, amigos de muchos ambientes, pero también gente sencilla y humilde. Y en medio de toda esa vida intensa, había algo que siempre llevaba consigo, aunque no siempre fuera visible: el orgullo profundo por sus hijos.

No porque siempre estuvieran físicamente a su lado —la vida, el trabajo y las circunstancias no siempre lo permiten—, sino porque los llevaba en el corazón. Hablaba de ellos con admiración, con respeto, con cariño. Los presumía no como posesión, sino como quien se sabe bendecido.

Ese amor por sus hijos no estuvo exento de preocupaciones ni de dolores. Como padre, Miguel también tuvo grandes dolores de cabeza, inquietudes, desvelos y momentos difíciles. Porque amar de verdad no es solo disfrutar, también es soportar, esperar, insistir.

Y aun así, Miguel nunca se retiró. Nunca se desentendió. Siempre estuvo ahí: apoyando, ayudando, sosteniendo, confiando. Porque el amor verdadero no abandona cuando se cansa; permanece incluso cuando duele.

En el Evangelio, Jesús sabe que Lázaro va a morir… y aun así va a Betania. No huye del dolor de sus amigos. Así fue también el amor de Miguel: un amor imperfecto, sí, pero fiel.

Y aquí quiero decir algo con mucha delicadeza pastoral. Miguel no tuvo una historia perfecta. Tuvo una vida compleja, con decisiones difíciles y errores reales, como los tenemos todos. Pero si algo fue evidente para quienes lo conocimos, fue esto: su corazón estaba profundamente unido a sus hijos.

Y no fue un amor de última hora. No fue un cariño improvisado al final de su vida. Incluso en medio de sus prisas, de sus compromisos, de sus viajes, Miguel siempre estaba al pendiente: llamadas, detalles, regalos, visitas. Porque el amor verdadero no se mide por un pasado ideal, sino por la fidelidad concreta del presente.

Y en esta historia quiero mencionar, con profundo respeto, a su esposa Raquel.

Porque el amor verdadero no siempre es fácil, ni perfecto, ni ideal. A veces es un amor que aprende, que madura, que se prueba, que se cansa… y aun así permanece.

Raquel caminó junto a Miguel hasta el final. Y no siempre fue sencillo. Hubo momentos de cansancio, de dificultad, de tener que aguantar y sostener. Pero precisamente ahí se revela la verdad del amor: no en lo bonito, sino en la fidelidad.

El amor auténtico no se demuestra solo cuando todo va bien, sino cuando, a pesar de los límites, de las diferencias y de las heridas, uno decide quedarse. Y Raquel se quedó. Estuvo ahí. Acompañó. Sostuvo.

En el Evangelio vemos que Jesús no solo resucita a Lázaro; permanece con Marta y María en su dolor. Hay personas que no hacen grandes discursos, pero que, estando, lo dicen todo.
Y estar hasta el final es una de las formas más grandes del amor.

En el Evangelio, Marta le dice a Jesús una frase que todos hemos pensado alguna vez:

“Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.”

Cuántas veces nosotros también sentimos eso: “si hubiera pasado esto”, “si hubiera llegado antes”, “si hubiera tenido más tiempo”.
Pero Jesús responde no con reproches, sino con una promesa:

“Yo soy la resurrección y la vida.”

Miguel, en la etapa final de su vida, pareció entender muy bien esta verdad. Su salud fue disminuyendo y, sin embargo, supo hacer algo que no todos logran: supo soltar. Se retiró del mundo de los gallos en el momento más exitoso. Vendió sus empresas en su mejor etapa. Buscó reconciliarse. Mostró a cada persona lo importante que era para él.

Cuando un hombre empieza a desprenderse de lo que le dio prestigio y poder, suele ser porque su corazón ya está preparado para otra cita más grande.

Miguel, desde hace tiempo, insistía mucho en que fuera a visitarlo. Siempre estaba ese deseo de que fuera a su casa, de pasar unos días con él y con su familia. Y cada vez que podía, se lo decía a Yeni: “dile al padre que venga, que se quede unos días con nosotros”.

Yo quiero decir algo con mucha honestidad: nunca tuve un interés especial en viajar a Estados Unidos. Muchas personas, a lo largo de los años, me habían invitado a ir, a visitar, a pasear… y siempre había algo que no me movía por dentro. No era lo mío. No me llamaba la atención viajar por viajar.

Pero Miguel fue el único que logró despertar en mí ese deseo.
Y no para pasear, ni para divertirme, ni para conocer lugares.
Sino para ir a verlo, para estar con él, para compartir la vida.

Durante mucho tiempo no tuve visa, y ese deseo parecía algo lejano. Pero lo curioso —y ahora lo entiendo mejor— es que una vez que me dieron la visa y pudimos empezar a programar el viaje, algo se me aclaró por dentro. Recuerdo perfectamente que le dije a Yeni:
“Quiero ir a su casa y quiero celebrar la misa ahí, con Miguel y con Raquel.”

Hoy entiendo muy bien por qué. Porque no hay nada más valioso para un sacerdote que poder ofrecer la Eucaristía por las personas que ama. Celebrar la misa no es solo cumplir un rito; es poner a las personas en el centro del misterio más grande de nuestra fe. Y ese deseo mío no era otra cosa que el cariño profundo que sentía por Miguel.

Recuerdo incluso algo muy sencillo, pero muy verdadero. Cuando me preparaba para el trámite de la visa, me decían: “te van a preguntar cuál es el motivo de tu visita”. Y yo pensaba dentro de mí, con toda claridad:
“Visitar a mi amigo Miguel.”
Claro, no fue exactamente lo que le dije al cónsul… pero sí era la verdad.

Cuando le contamos a Miguel que iría y que celebraría la misa en su casa, la alegría que mostró fue enorme. Inmediatamente empezó a comentarlo con la familia, con emoción y orgullo:
“Va a venir el padre Lalo y va a celebrar la misa aquí en la casa.”

No alcancé a llegar.
Los planes estaban hechos. Los vuelos programados. El deseo intacto.

La bendición de sus cenizas será después, en su casa, en Tecatito.
Hoy lo que hacemos es algo igual de profundo: poner su vida en manos de Dios y proclamar que la muerte no tiene la última palabra.

Porque la Eucaristía que hoy celebramos, aunque sea a la distancia, es también por él, con él y para él. Y si no pude celebrar la misa en su casa como lo habíamos soñado, hoy la celebro con la certeza de que el amor no queda inconcluso; solo se transforma.

Porque Jesús no solo lloró por su amigo Lázaro;
también proclamó con fuerza:

“Yo soy la resurrección y la vida.”

Hoy no decimos adiós, decimos hasta luego.
Confiamos en la promesa de Dios de reunirnos un día, con toda la familia,
en un lugar donde ya no hay errores ni heridas,
sino solo la misericordia infinita de Dios.

Y mientras llega ese día, seguimos caminando juntos,
con la esperanza viva y las promesas en el corazón.

Que al mirarnos unos a otros podamos decir con verdad:
“Miren cuánto lo amaban.”
Que hoy también podamos decir eso de mi amigo Miguel.

Amén.

**Oración de los Fieles – Misa de Exequias

Invitación del sacerdote

Hermanos y hermanas, confiados en Dios Padre, que es rico en misericordia y nos promete la vida eterna, presentemos ahora nuestras súplicas, pidiendo por nuestro hermano Miguel y por todos nosotros, que caminamos aún en esta vida.

Respondamos diciendo:
R. Oh Señor, escucha y ten piedad.

Peticiones

  1. Por Miguel Chávez Gutiérrez, para que el Señor, que conoce su historia, sus luchas y su corazón, lo reciba con misericordia, lo purifique de todo pecado y le conceda descansar en la paz eterna. Roguemos al Señor.
  2. Por su familia, especialmente por sus hijos y por su esposa Raquel, para que Dios les conceda consuelo, fortaleza y paz en este momento de dolor, y los sostenga con la esperanza de la resurrección. Roguemos al Señor.
  3. Por todos los amigos de Miguel, por quienes hoy lo recuerdan con cariño, para que el amor que compartieron con él se transforme en gratitud y en cercanía entre ellos. Roguemos al Señor.
  4. Por quienes no pudieron acompañarlo en sus últimos momentos, pero hoy se unen con el corazón y con la oración, para que encuentren consuelo y paz al poner su vida en manos de Dios. Roguemos al Señor.
  5. Por todos nosotros, que hoy participamos en esta Eucaristía, para que la fe que celebramos nos ayude a vivir reconciliados, a amar más y a confiar en que la muerte no tiene la última palabra.
    Roguemos al Señor.

Oración final del sacerdote

Escucha, Padre bueno, las súplicas que con fe te hemos presentado.
Recibe a nuestro hermano Miguel en tu reino de luz y de paz,
consuela a su familia y a todos los que lo amaron,
y fortalece nuestra esperanza en la resurrección.

Te lo pedimos por Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina por los siglos de los siglos.

Amén.

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